El mundo se detuvo.
Todo el miedo.
Todo el dolor.
Toda la incertidumbre.
Nada importaba.
Porque estaba ahí.
Existía.
Isabella sintió que las lágrimas llenaban sus ojos sin permiso.
—Está… vivo… —susurró.
La doctora asintió, ajustando el sonido.
—Escuchen.
Y entonces lo oyeron.
Un latido.
Rápido.
Fue