—Lo sabía. Eres tan predecible, Isabella —dijo para sí misma, dando un sorbo a su vino—. Ni siquiera te atreves a confiar en el hombre que crees tener a tus pies.
En ese momento, su teléfono privado vibró. Era el mercenario que había contratado.
—Ya hemos comenzado —dijo la voz áspera al otro lado