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— . . . Punto de Vista de Isabela . . . —
El calor que emanaba de Ronan era imposible de ignorar, casi tangible, como si la propia habitación ardiera a su alrededor. Cada roce de sus manos sobre mis muslos me arrancaba un escalofrío que subía por mi espalda y se convertía en un fuego que no podía contener. Sus labios estaban húmedos y entreabiertos, la mirada turbia, mi piel se encendida, y en cada gesto suyo sentía la certeza de que nadie más podría tocarme como lo hacía él. Era