Por unos instantes me hipnotizo al ver el movimiento tan sexy que hacen sus labios; creo que retarlo esta noche ha sido una buena jugada, su fuego se va calmando y algo de dulzura se va apoderando de él. Pongo mi mano en su muslo, y subo despacio a su entrepierna.
—¡Para! —dice en un golpe seco de voz.
—No. Esta noche mando yo —digo, poniendo cara de pícara.
—¡Para! No puedes hacerme esto —dice, sujetando mi mano para poder tragar saliva.
—Sí, sí que puedo, tú apuestas y yo te reto.
—Eso me pon