Capítulo 38. Un hijo obediente.
Von Dimitrakis
Después de la salida de Alexandra me había quedado inquieto, temía que algo pudiera pasarle, tenía una opresión en el pecho que no podía aflojar.
Daba vuelta de un extremo al otro de la habitación, aún me dolía la cabeza, me miré al espejo y no solo tenía rota la cabeza, sino también una protuberancia del tamaño de un huevo de codorniz en la frente, me llevé la mano a la herida y pegué un gemido.
—¡Par de locas! Por poco y me matan —dije con una sonrisa.
De por sí mi hija era t