Capítulo 80. La guinda del pastel
Callista se alejó de Apolo, cerró la puerta y dejó que sus lágrimas se derramaran libremente por sus mejillas. Le dolía hablarle de esa manera, pero no iba a suavizar las cosas. Su marido se había equivocado y ella tenía todo el maldito derecho de sentirse cómo se sentía.
Con una mezcla de enojo y tristeza, se alejó de la biblioteca. No quería que nadie la viera en ese estado y le preguntara. No deseaba que nadie supiera lo que su marido había omitido.
—Señora, Callista —la llamó Dione al verla