FERDINAND LEONARD
En el instante en que giró la cabeza bruscamente hacia mí y sus ojos se clavaron en los míos, su mirada cambió, reflejando una pérdida de control.
Su ira estalló tan repentinamente que era casi palpable.
En ese momento, era obvio que ya no le importaba nada.
No le importaba quién era yo ni lo que pudiera hacerle.
No le importaban las consecuencias de sus actos.
Qué patético.
Y cuando levantó la mano, con clara intención de golpearme, lo miré con los ojos entrecerrados, comple