FERDINAND LEONARD
El tiempo parecía transcurrir con una lentitud exasperante.
Los minutos pasaban uno tras otro, y antes de que nos diéramos cuenta, ya había transcurrido casi una hora desde que el médico y las enfermeras entraron corriendo a la habitación y nos obligaron a salir.
Todo ese tiempo fue una auténtica tortura.
Cada segundo se hacía eterno.
Cada pequeño ruido que venía del pasillo me aceleraba el corazón.
Ya nadie hablaba, pues el miedo nos había invadido por completo.
Entonces, de