Maldije. La adrenalina del coito pasó rápidamente a una incomodidad punzante. Lucía reaccionó primero, agarró a Santiago de la muñeca. El pobre muchacho se veía impactado, con los ojos fuera de las órbitas y la cara encendida. Mi hermana lo jaló a la puerta del garaje, dándonos el portazo de privacidad más ruidoso de la historia.
Me separé de Isabela lentamente, ella no se movía. Empecé a recomponerme. Me puse la camisa, ignorando los dos botones que faltaban—cortesía de l