—¡Ya dije que no quiero comer! —gritó Libia.
—Te he dicho que no mandas, ahora trágate la jodida sopa o te la meteré en la boca a la fuerza —rugió Lison, sujetando con firmeza el antebrazo de la joven.
—Me duele, suéltame. — Forcejeó sin importar que se lastimara.
—¿Qué tienes? ¿Por qué te comportas como una tonta? —Soltó a la chica y la fulminó con la mirada.
—Porque no quiero estar aquí.
—Dime qué pasa —exigió sin una pizca de paciencia.
—Es que… —no pudo terminar su oración, sus mejillas se e