Dos años y medio después, esa pequeña personita se había encargado de poner sus vidas de cabeza. Ahora, la más mínima cosa lo hacía llorar; a su vez, la mínima cosa le sacaba carcajadas.
―Tadeu, amor, ven. Si te subes ahí, te vas a caer ―pedía Libia con voz dulce.
―¡Pintinho! ―exclamaba el niño una y otra vez, como diciendo que ese era su verdadero nombre.
El pequeño corría por toda la casa con solo su pañal puesto.
―¿Por qué no trae ropa? El clima está fresco ―preguntó Tiodor.
―Ya le puse ropa