Me quedé congelada, con la respiración atrapada en el pecho.
Conejita.
Ese estúpido apodo. El que juré que odiaba, el que había estado resonando en mi cabeza toda la semana aunque intentara olvidarlo.
Mis ojos se abrieron como platos cuando la segunda parte caló. Corre por cuenta de la casa.
Levanté la cabeza de golpe y miré el champán como si se hubiera convertido en una bomba.
No era un champán cualquiera. No era una nota cualquiera.
Era de él.
De Emiliano Russo.
La comprensión me golpeó como