El calor me inundó el rostro, el pecho, todo el cuerpo. Cuanto más reaccionaban ellos, más desesperada me volvía. Mis muslos se frotaban entre sí, pegajosos y doloridos, pero ignoré mi propia necesidad. Lo único en lo que podía pensar era en darles más. Gemí alrededor del que tenía en mi boca, dejando que las vibraciones lo recorrieran, y sus caderas se sacudieron hacia adelante, haciéndome tener arcadas ligeramente. Lágrimas picaron en mis ojos, pero incluso eso solo me hizo más determinada.
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