Ethan estaba sentado en su despacho a las siete de la tarde. Todos se habían marchado a casa. El edificio tenía el silencio propio de un lugar que había dejado de estar ocupado pero que aún no estaba del todo vacío.
Se sentó a su escritorio, contempló la ciudad a través de la ventana y pensó en el día: la sala de juntas. Las firmas. La pluma de Nadia deslizándose por las páginas con la seguridad de quien se había preparado para aquel momento durante ocho meses y había llegado exactamente como s