Lysera
La manada soltó exclamaciones de asombro y vi que mi padre se quedaba rígido en el lugar donde estaba. En lugar de escucharme, mis palabras solo parecieron alimentar aún más su odio y su furia.
—¡Está mintiendo!
—¡Está intentando salvarse!
—¡Mátenla!
Negué la cabeza frenéticamente, con las lágrimas que me corrían por el rostro.
—¡Los escuché! —grité—. ¡Escuché a mis padres y a Isyra! ¡Lo estaban planeando todo! Ella iba a fingir un aborto espontáneo después de la fiesta. Isyra hizo esto a propósito. Me echó la culpa porque sabía que los había escuchado.
La garganta me ardía mientras las palabras brotaban de mi boca, cargadas de desesperación y dolor.
—¡Iban a mentirle a toda la manada! —grité entre lágrimas. Entonces miré a mi compañero. Quizá sentiría lástima por mí. Tal vez el vínculo de apareamiento me ayudaría.
—¡Alfa Henry, por favor, escúcheme! ¡Tiene que salvarme! Soy su compañera. Isyra no lleva a su hijo en el vientre.
Henry apartó la mirada, como si ni siquiera pudiera soportar verme.
El anciano entrecerró los ojos y endureció el rostro. Me empujó hacia atrás, lo que impidió que me abalanzara hacia el Alfa Henry.
—¡Cállate! —espetó.
Pero no podía hacerlo. No podía detenerme, porque la verdad era lo único que me quedaba.
—¡Isyra no estaba embarazada! —repetí entre sollozos—. ¡Los escuché decirlo! ¡Ella misma se hizo daño y gritó a propósito! Se lastimó y…
—¡Basta! —rugió el anciano.
Un guardia dio un paso al frente.
Y antes de que pudiera siquiera parpadear…
¡ZAS!
Un golpe brutal me atravesó la espalda y el dolor estalló por todo mi cuerpo.
Grité y me tambaleé hacia adelante, pero enseguida llegó otro golpe.
¡ZAS!
Volví a gritar, con el cuerpo sacudiéndose violentamente mientras el guardia me azotaba sin piedad.
—¡Basta! —supliqué—. ¡Por favor, basta! ¡Estoy diciendo la verdad!
Intenté hablar de nuevo, pero alguien me metió un trapo en la boca.
Mis ojos se abrieron de par en par, horrorizados, mientras lo ataban con fuerza para amordazarme. Apenas podía respirar; el aire entraba a la fuerza por mi nariz, entre jadeos entrecortados.
Trajeron la vara. Era larga y gruesa. Los miembros de la manada se inclinaron hacia delante con entusiasmo, con los ojos brillantes de satisfacción, mientras me obligaban a arrodillarme.
Unas manos me sujetaron de los hombros, los brazos y la cintura.
Me empujaron hasta obligarme a inclinarme hacia delante, inmovilizándome mientras las cadenas se me clavaban en las muñecas. Temblaba violentamente e intentaba resistirme, pero estaba demasiado débil.
Llegó el primer golpe.
¡ZAS!
Una agonía desgarradora me atravesó. El grito quedó amortiguado por la mordaza, pero aun así brotó de mi pecho como el rugido de un animal herido.
—¡Uno! —gritó la multitud, encantada.
El segundo golpe cayó antes de que pudiera recuperar el aliento.
¡ZAS!
—¡Dos!
Otra vez.
¡ZAS!
—¡Tres!
Los golpes comenzaron a confundirse en una interminable oleada de dolor. Me ardía la espalda, me temblaban las piernas y las lágrimas me nublaban la vista hasta que apenas podía distinguir nada.
Pero ellos seguían contando. Contaban como si aquello fuera una celebración, como si mi sufrimiento fuera un espectáculo de entretención.
—¡Cincuenta!
—¡Cien!
—¡Doscientos!
Perdí la noción del tiempo.
Perdí la noción de mi respiración.
Perdí la noción de mí misma.
Lo único que sentía era dolor: un dolor ardiente, agudo e insoportable que desgarraba mi carne hasta hacerme sentir que mi cuerpo se partía en pedazos.
Cuando llegaron a los trescientos golpes, la cabeza empezó a darme vueltas con suma violencia.
El mundo se inclinaba y el estómago se me contraía. Una oleada de mareo me invadió y todo comenzó a volverse borroso. Ya no podía sostenerme en pie.
Pero no se detuvieron. Ni siquiera redujeron el ritmo.
—¡Cuatrocientos!
Las rodillas me fallaron por completo.
—¡Quinientos!
El siguiente golpe cayó…
Y todo se volvió negro.
***
Cuando desperté, el dolor me recibió antes que la luz. Sentía todo el cuerpo pesado y destrozado. Incluso respirar era un castigo. Me ardía la piel y la espalda me palpitaba con oleadas de dolor profundo que me hacían ver borroso.
Seguía en los terrenos de la manada. Podía percibir el olor de la multitud, escuchar sus voces y sentir sus miradas clavadas en mí. Unas manos me agarraron con brusquedad y me obligaron a incorporarme. Mi cabeza ladeada por lo débil que estaba, y de mi boca escapaban jadeos entrecortados.
Ni siquiera podía levantar los brazos. Ni siquiera podía llorar.
Me arrastraron de nuevo hasta colocarme en posición.
La multitud comenzó a vitorear en cuanto vio que había abierto los ojos.
—¡Continúen!
—¡Acaben con ella!
—¡Mil!
Sentí que el estómago se me retorcía con fuerza. La bilis me subió por la garganta, pero ni siquiera podía tener arcadas con el trapo todavía atado sobre mi boca.
Negué débilmente con la cabeza.
No.
Por favor…
Pero al anciano no le importó. Volvió a levantar la mano y alzaron la vara. La multitud rugió de entusiasmo.
—¡Alto!
Una voz potente cortó el aire como una cuchilla.
Los vítores cesaron al instante.
El anciano se volvió de un sopetón, irritado. El sanador de la manada se abrió paso entre la multitud, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos. Cayó de rodillas a mi lado y me tomó el pulso; después, me palpó el abdomen.
Su expresión cambió. El horror cubría su rostro.
Entonces levantó la mirada hacia los ancianos y el Alfa Henry. Cuando habló, su voz temblaba.
—Necesitaba confirmarlo de nuevo cuando abrió los ojos.
—¿Qué sucede? —preguntó el anciano, irritado.
—Lysera está embarazada.
Un silencio cayó sobre los terrenos de la manada.