Scarlett Ashford
El sótano no era una mazmorra. No era un agujero húmedo y lleno de telarañas en el suelo, como había imaginado en mis aterradoras pesadillas infantiles.
Era peor.
Era una sala multimedia de última generación e insonorizada.
Preston me empujó dentro y tropecé con el suelo, agarrándome a la parte trasera de un sillón de cuero solitario colocado precisamente en el centro de la habitación.
Me giré, con el pecho agitado, esperando que me golpeara, pero Preston no avanzó. Se quedó ju