Punto de vista de Zara
El silencio del ascensor ejecutivo no estaba vacío; era algo vivo y respirante, pesado por el resplandor depredador que quedaba del salón de juntas. El aire aún sabía a colonia cara, ozono y el toque metálico del miedo que acababa de exprimir de Arthur Sterling. Me quedé perfectamente quieta, con la columna convertida en una línea rígida de acero, observando cómo los números de los pisos bajaban como una mecha.
Luciano no habló hasta que las puertas sisearon al cerrarse,