Ariella
Por fin era fin de semana y nada me apetecía más que ir a casa y dormir en mi propia cama –bueno, la cama de Rachel, pero era más cómoda que dormir aquí con el corazón en la boca.
Hice una mueca al pensar en Henry y en mí, y en lo que pasó entre nosotros la noche anterior. Si Richard no hubiera llegado cuando lo hizo, ¿hasta dónde habríamos llegado? ¿Me habría dejado caer en los brazos de un hombre que me hacía sentir segura y al mismo tiempo al borde de todo?
Mis mejillas ardieron al r