Ariella
Supe en cuanto lo vi que no vino por mi carta de renuncia. Lo miré durante cinco largos segundos diciéndome a mí misma que lo estaba mirando porque quería advertirle que nunca volviera aquí, y no porque lo extrañaba y esta era la única forma de deleitarme con su presencia.
Recogiéndose, bajé las escaleras, deteniéndo al final. Adrian se giró en cuanto me escuchó y me dedicó una sonrisa torcida, y sus ojos imposiblemente azules brillaron detrás de gafas de montura delgada. Sentí mi cuerp