Debbie
Estaba temblando, con la piel resbaladiza por el sudor y el calor remanente de nuestra primera explosión. Pensé que estaba agotada. Pensé que mi cuerpo no podría soportar más. Pero mientras me apoyaba contra la fría pared de la cueva, tratando de respirar, Rain me sujetó las caderas con unas manos que se sentían como hierros ardientes.
Sus ojos ya no eran solo ámbar; brillaban con un dorado ardiente.
—Aún no he terminado contigo, Debbie —gruñó, con una voz que era una vibración baja