Debbie
Ya no me importaban las carpetas. Me importaba un carajo la Esencia de Luna o el montón de informes que tenía que firmar.
Lo único que importaba era el calor que Rain desprendía en oleadas. Y el charco que se estaba formando entre mis piernas.
Tiré de él por su cazadora de cuero y no me opuso resistencia.
—¿Por dónde empezamos? —susurré.
Una lenta sonrisa morbosa apareció en su rostro. —En el escritorio —susurró de vuelta—. Te quiero sobre este escritorio.
Barrió la madera pulida