La suave luz de la tarde se filtraba a través de las grandes ventanas de la clínica privada del Dr. Julian Reese, proyectando un cálido resplandor sobre la sala de espera con sus cómodas sillas de cuero y cuadros serenos en las paredes. Julian, un hombre alto de casi cuarenta años con el cabello oscuro peinado con esmero y unos ojos azules amables pero penetrantes, estaba de pie en su consultorio revisando expedientes. Había construido esta consulta para que se sintiera más como un santuario pa