Capítulo 2
POV:Jessica

Jordán no regresó esa noche. A las seis de la mañana me mandó un mensaje en el que decía que la policía se había llevado al exesposo de Iara Rodríguez y que él tenía que quedarse a rendir declaración. Al final añadía que no se me olvidara desayunar. No le respondí.

A las siete de la noche llegué puntual al restaurante que habíamos reservado. Esperé hasta las ocho, cuando entró la llamada de Jordán.

—Perdón, me salió algo urgente.

De fondo se oían el llanto de un niño y la voz suave de Iara.

—¿Otra vez por Iara?

Se quedó callado por un momento.

—El hijo de Iara tiene fiebre y convulsiones, y ella sola no puede con todo. Cancelemos la cena de hoy; otro día te lo compenso.

Colgó de prisa, sin esperar mi respuesta. Escuché el tono de ocupado y bajé la mirada hacia el pastel de aniversario que estaba sobre la mesa. Yo lo había escogido con mucho esmero.

Arriba tenía dos muñequitos vestidos de novios, y en la base estaban escritos mi nombre y el de Jordán. Le pedí al mesero que empacara el pastel junto con el regalo y tomé sola un taxi al hospital.

El área de pediatría donde ponen suero estaba muy iluminada.

A través de la puerta entreabierta, lo primero que vi fue a Jordán. Iara estaba apoyada junto a él, con los ojos muy rojos. El niño que tenía en brazos tenía puesto el suero; en cuanto vio el pastel que yo llevaba, se enderezó.

—Mamá, quiero pastel.

Iara se apresuró a sujetarlo.

—Santi, no hagas berrinche, eso es de la señora.

Al escuchar las voces, Jordán se volteó y, al verme, se sorprendió.

—Jessica, ¿qué haces aquí?

Miró el pastel que yo llevaba y estiró la mano para tomarlo.

—El niño se llevó un susto hoy; esto viene perfecto para alegrarlo.

Lo dijo con toda naturalidad, como si diera por hecho que no me negaría. Antes de que yo pudiera decir nada, ya había abierto la caja y le había puesto el pastel enfrente a Santi. Al ver los dos muñequitos, Santi sonrió.

—Tío Jordán, ¿me lo compraste tú?

Jordán le encendió las velas.

—Sí. Que te mejores pronto.

Iara me miró con un gesto de disculpa medido.

—Señora Varela, discúlpeme, el niño todavía no entiende. ¿Cuánto costó el pastel? Se lo pago.

No respondí.

De la base del pastel, donde estaban mi nombre y el de Jordán, ya habían cortado la mitad. Así que hasta el pastel preparado para nuestro séptimo aniversario podía tomarlo para contentar al hijo de otra mujer. Dejé en una silla la caja con el regalo de aniversario.

—Jordán, tengo que decirte algo.

Se quedó confundido un momento.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

Al escucharlo, Iara se apresuró a hacerse a un lado con Santi en brazos.

—Licenciado Varela, vaya con su esposa, yo puedo sola.

Pero Santi agarró la manga de Jordán y se quejó en voz baja de que le dolía.

Jordán se inclinó enseguida a revisarle la aguja del suero y, hasta que comprobó que no se le regresaba la sangre, no se volteó hacia mí.

—Al niño todavía le están poniendo suero. Lo que tengas que decir, dilo aquí.

—Está bien, entonces aquí.

Saqué del bolso el acuerdo de divorcio que había redactado Dayanira y se lo tendí.

—Divorciémonos.

Apenas lo dije, todo quedó en silencio un instante. Iara pareció reaccionar hasta entonces y se levantó de prisa, con los ojos enrojecidos.

—Señora Varela, ¿no estará malinterpretando algo? Santi se puso mal hoy y no sabía a quién más acudir; por eso lo llamé.

Mientras hablaba bajó la cabeza, con la voz al borde del llanto.

—Si quiere divorciarse por mi culpa, puedo cambiar de abogado. Aunque pierda el juicio, aunque su papá me quite la custodia del niño, no volveré a molestar al licenciado Varela.

Al escuchar eso, Santi se asustó y se aferró a ella.

—Mamá, no quiero irme con papá.

Iara lo estrechó contra su pecho y también se le cayeron las lágrimas.

—No tengas miedo, mamá va a encontrar la manera.

El semblante de Jordán se ensombreció.

—Jessica, no hagas dramas. Santi acaba de salir de urgencias, Iara ya no sabe ni qué hacer, ¿y tú tienes que venir ahora a usar el divorcio para obligarme a regresar a casa?

Se veía decepcionado.

—Sé que faltar estuvo mal de mi parte, pero hay una vida de por medio. ¿No sabes distinguir qué importa más?

Con cada frase suya, Iara apretaba un poco más al niño contra sí, como si yo fuera la malvada que acorralaba a una madre sola y a su hijo hasta dejarlos sin a quién recurrir. Al ver que yo seguía sin decir nada, Jordán suavizó el tono.

—Estás alterada. Vete a casa, cálmate, y hablamos cuando regrese.

Miré su cara, tan conocida, y se me quitaron las ganas de discutir, así que me di la vuelta y me dirigí a la salida.

La puerta de la sala de sueros se fue cerrando despacio a mis espaldas. Me giré y vi a Jordán con la cabeza inclinada, consolando a Iara y a su hijo, que lloraban; ella, desvalida, apoyaba la cabeza en su hombro.

Saqué el celular y compré un boleto de avión para irme de esta ciudad en tres días.

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