Siete Años De Infinito
Siete Años De Infinito
Por: Luna y Agosto
Capítulo 1
POV:Jessica

Me quedé mirando ese “tres” un buen rato.

Jordán se quitó el saco, lo colgó como siempre a la derecha del recibidor y se inclinó para ponerse las pantuflas grises que yo le había comprado.

Cada uno de sus movimientos era idéntico a los de los últimos siete años. Si ese número no hubiera sido de un rojo tan hiriente, casi habría creído que todo lo de hacía un momento era una alucinación.

—¿Por qué sigues despierta?

Se acercó y estiró la mano para tocarme la cara. Tenía la mano cálida y, en las yemas de los dedos, los callos finos de tantos años de hojear expedientes. No me aparté. Solo le pregunté:

—Mañana es nuestro aniversario de bodas. ¿Te acuerdas?

Jordán sonrió y me pellizcó la mejilla con cariño.

—Claro que me acuerdo. Ya reservé el restaurante para las siete de la noche, en la mesa con vista al río que te gusta. Sin celulares, nada de trabajo, nada de clientes. Toda la noche es tuya, ¿te parece?

En ese preciso momento, el celular empezó a vibrar sobre la mesa de centro. La pantalla se encendió; el contacto que llamaba estaba guardado con una sola letra, la I. Al verlo, a Jordán se le tensó la expresión. Tomó el celular y salió al balcón. Antes de que se cerrara la puerta de vidrio, alcancé a escuchar el llanto asustado de una mujer que salía del celular.

Unos minutos después, Jordán volvió a entrar y tomó el saco que acababa de quitarse.

—Le pasó algo a mi clienta. Tengo que ir.

Lo miré.

—Ya es la una de la mañana. ¿No puedes ir mañana?

—Es un caso de divorcio por violencia doméstica. Su exesposo no deja de acosarla y el niño también está en casa. Como su abogado, no puedo ignorar esto.

Lo dijo con paciencia, como si le explicara nociones básicas de derecho a un cliente que no entendiera nada.

—Tú duérmete, no me esperes.

Volví a percibir en el puño de su manga aquel olor a gardenia, apenas perceptible.

—Aun así, no puede ser que cada vez que le pasa algo, tú seas el primero al que busca.

Jordán frunció el ceño.

—Jessica, soy su abogado. Antes nunca te metías en mi trabajo.

Miré el tres sobre su cabeza y ya no quise preguntar más. En siete años de matrimonio, era cierto que nunca me había metido en su trabajo. Cuando se quedaba leyendo expedientes hasta la madrugada, yo le calentaba leche y le preparaba algo de cenar.

Cuando pasaba varios días seguidos en el despacho ocupado con audiencias, yo le alistaba la ropa limpia. Litigaba por personas que no tenían a quién recurrir, pero nunca, en nombre de la buena voluntad, había cruzado el límite entre abogado y cliente.

Yo me había sentido orgullosa de su profesionalismo y de su mesura. Pero, sin que yo supiera desde cuándo, su responsabilidad profesional había rebasado el despacho y había invadido las madrugadas, los días festivos y la vida que debía ser solo nuestra.

—Ve.

Me hice a un lado para dejarlo pasar. Jordán no parecía esperar que yo aceptara. Tardó un par de segundos en reaccionar y se inclinó a besarme la frente.

—Regreso pronto.

La casa volvió a quedar en silencio. De pie en el recibidor, vi la foto de los dos que nos habíamos tomado en un viaje a las montañas.

En la foto, Jordán me abrazaba por la espalda y sonreía con más ternura que la nevada que llenaba el cielo. Aquella vez me preguntó qué haríamos si algún día nos peleábamos. Yo le aseguré, convencida: “Mientras sigamos queriendo vernos, siempre podremos reconciliarnos”.

Pero hay personas que, aunque sigas viéndolas, ya no son iguales contigo. Regresé a la habitación y llamé a Dayanira Corona, mi compañera de la universidad. Ahora era abogada de divorcios. El teléfono sonó un buen rato antes de que contestara.

—¿Qué pasó para que llames tan tarde?

Miré la mitad vacía de la cama y hablé en voz muy baja.

—Ayúdame a redactar un acuerdo de divorcio.

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