Aquello no era helado.
Yo sabía perfectamente a qué sabía el helado. Y sabía muy bien qué era aquella mancha. Celeste también lo sabía. Aun así, me había mirado a los ojos y me había dicho, tan tranquila, que era helado. Después, simplemente se había marchado.
Mi esposa.
Mi Celeste.
La mujer por la que había apostado todo. La que había elegido por encima de cualquier otra. La que había intentado mantener a mi lado, proteger y convertir en la esposa que siempre había querido. La había amado a mi