Perspectiva de Celeste
Me levanté de la silla y la aparté hacia atrás. El corazón me latía mucho más rápido de lo normal.
—Puede que sea el dolor hablando por mí, lo sé —dije—. Pero dime que no te gustaría ver sus caras si descubrieran que nosotros dos estamos teniendo una aventura.
Dominic se separó del marco de la puerta y caminó hacia mí lentamente.
—¿Una aventura?
—Sí —sostuve su mirada—. Una aventura. Sin compromisos. Sin sentimientos. Solo dos personas a las que les tocó la misma desgracia y que decidieron darles a sus parejas exactamente lo que se merecen.
Se detuvo frente a mí. Estaba lo bastante cerca como para obligarme a levantar ligeramente la barbilla para poder seguir mirándolo a los ojos.
—¿Y cómo se supone que funcionaría exactamente algo así? —preguntó.
La camisa seguía en su mano. Todavía no se la había puesto.
Sonreí, aunque aquella expresión no tenía nada de una sonrisa real.
—Si ellos pueden jugar a ese juego, nosotros también podemos hacerlo. —Hice una breve pausa—. Siempre y cuando estés dispuesto.
El corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho.
Todo aquello era completamente nuevo para mí. Veinticuatro horas antes habría jurado que jamás sería capaz de hacer algo así, ni aunque mi vida dependiera de ello.
Dominic me observó durante un largo momento.
Tanto que empecé a pensar que él sería la persona sensata entre los dos. Que diría algo razonable, que nos haría retroceder antes de lanzarnos por ese precipicio.
Pero entonces levantó lentamente una mano y sus dedos rodearon mi mandíbula, obligándome con suavidad a alzar el rostro hacia él.
El corazón se me detuvo.
Sus labios descendieron sobre los míos y todos los pensamientos que aún quedaban en mi cabeza desaparecieron por completo.
Cerré los ojos al sentir su boca contra la mía, cálida y segura. Después, sin darme ninguna oportunidad de reaccionar, me levantó del suelo con una facilidad que me hizo soltar un pequeño grito, y mis brazos se aferraron a sus hombros mientras mis piernas se rodeaban alrededor de su cintura.
Me llevó hasta el dormitorio como si mi peso no significara nada.
Como si Sera tampoco hubiera pesado nada la noche anterior.
Aparté ese pensamiento antes de permitir que se quedara.
Me dejó caer sobre la cama y mi cuerpo rebotó una vez contra el colchón antes de incorporarme de inmediato, con el pulso acelerado y cada parte de mí reaccionando al mismo tiempo.
Tenía miedo.
Estaba herida.
Y lo deseaba con una intensidad que me asustaba todavía más.
Cuando su toalla cayó al suelo, olvidé por completo cómo respirar.
Estaba completamente excitado. Su cuerpo entero parecía una mezcla de fuerza y deseo contenido, y la visión de él provocó una reacción inmediata en mí, tan profunda y física que tuve que apretar los muslos para intentar recuperar algo de control.
Sus ojos permanecían fijos en mí, oscuros e intensos, como los de un depredador que ya había elegido a su presa.
Metí la mano en el pequeño bolsillo de mis shorts, saqué mi teléfono y lo dejé sobre la mesa de noche sin apartar la mirada de él. Mis manos temblaban ligeramente.
Lo notó.
Pero no dijo nada.
Me tomó ambos tobillos y los rodeó con sus manos antes de deslizarme lentamente hacia el borde de la cama, acercándome hacia él mientras mantenía sus ojos sobre los míos como si no existiera nada más en aquella habitación digno de su atención.
Sus dedos encontraron el cierre de mis shorts y lo soltaron con facilidad.
Con un solo movimiento, desaparecieron.
Después hizo lo mismo con mi blusa.
Y cuando la tela cayó, el rostro de Julian apareció en mi mente sin permiso, sin que yo lo quisiera.
Nuestro día de boda.
Su voz baja y sincera prometiéndome que me amaría únicamente a mí durante el resto de su vida.
Después recordé a Sera echando la cabeza hacia atrás bajo la lluvia.
Aparté la imagen de Julian de mi mente.
Lo dejé ir.
No me habían tocado en tres meses.
Tres meses enteros de excusas sobre cansancio, besos en la frente y promesas de "después".
Quizá por eso cada terminación nerviosa de mi cuerpo ya estaba ardiendo incluso antes de que Dominic me tocara realmente.
O quizá era la venganza.
Lo prohibido.
La sensación de que, por primera vez desde la noche anterior, estaba haciendo algo que era completamente mío y únicamente mío.
Dominic se subió a la cama y se puso entre mis piernas, y el cuerpo se me puso tenso de pura anticipación.
Me agarró el cuello con una mano. Sin apretar, solo sosteniéndolo, caliente y firme, con ese toque mandón que ya le conocía. Después su boca encontró la mía otra vez. Más honda. Con más hambre. Como si ya hubiera esperado bastante y se le hubiera acabado la paciencia.
Los labios se le fueron bajando por el cuello hasta que encontró ese punto, ese punto exacto que yo ni sabía que tenía hasta que su boca cayó justo ahí, y solté un jadeo tan fuerte que me dio vergüenza.
Eché la cabeza para atrás y se me fue la vergüenza por completo.
Me agarró las tetas con las dos manos y me pasó los pulgares por los pezones hasta que se me pusieron duros. Solté un sonido que no habría podido contener ni aunque quisiera. Apretó y me arqueé contra sus manos como si el cuerpo ya hubiera decidido que era de él y solo estuviera esperando a que el resto de mí se pusiera al día.
La boca de él siguió bajando. Caliente y mojada, la lengua rodeándome un pezón y después el otro, mientras yo jadeaba pegada a su cabeza y me aferraba a su pelo y trataba de acordarme, con todas mis fuerzas, de qué se sentía el autocontrol.
No pude.
Me fue besando estómago abajo. El ombligo. Los huesos de la cadera. Cada beso bien a propósito, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo y pensara aprovechar cada segundo.
Cuando los labios le llegaron a la parte de adentro de los muslos, ya estaba temblando.
Ahí también se tomó su tiempo. Besando, rozando, esquivando a propósito justo donde más lo necesitaba, hasta que yo ya estaba toda temblorosa y soltando sonidos que no hacía en mucho tiempo.
—Por favor —me oí decir.
Puso un beso suave justo encima del clítoris y por poco salgo volando de la cama.
Después dos dedos se me metieron en el coño y sí, salí volando de verdad, apoyándome en los codos mientras lo miraba con la boca abierta y la cabeza completamente en blanco.
Él levantó la mirada y sonrió. Sonrió de verdad. Una sonrisa lenta, sabia, absolutamente demoledora.
Y entonces los dedos empezaron a moverse.
—Estás bien mojada —dijo, con esa voz ronca y baja, y solo esas palabras me mandaron otra ola de calor que me recorrió entera.
La lengua acompañó a los dedos. Los labios rodearon el clítoris y chupó mientras los dedos se curvaban bien adentro y tocaron algo que hizo que todo el cuerpo se me tensara con un placer tan fuerte que casi dolía.
Me temblaban las piernas. Los muslos me temblaban contra sus hombros. Estaba soltando sonidos que jamás podría explicarle a nadie y no me importaba en lo absoluto.
Él siguió. Implacable. Concentrado. Demasiado paciente. Leyendo cada sonido que yo hacía y ajustándose hasta que ya no tuve a dónde ir, ni cómo sostenerme, ni nada que hacer más que caer.
Y me caí. Duro.
El orgasmo me pegó como algo que se rompe, en olas que no paraban, y justo cuando pensé que ya se había acabado, empujó los dedos más adentro y los curvó, y pasó algo completamente distinto, algo que yo nunca había sentido, un chorro tan intenso y repentino que grité y me agarré a las sábanas y sentí cómo me corría, caliente y sin control, empapándole la mano y las sábanas debajo de mí mientras temblaba entera del shock y del placer.
Me quedé ahí un momento, el pecho subiendo y bajando, completamente desbaratada y con una vergüenza honda.
Dominic me miró desde entre mis muslos con una cara que era mitad satisfacción y mitad hambre pura.
"Eso", pensé, medio atontada, "es justo la razón por la que, Seraphine Ford, eres la idiota más grande que hay sobre la tierra."
Me llevó otra vez hasta el borde de la cama, levantándome con facilidad y acomodándome para que las piernas le rodearan la cintura y los brazos se me engancharan al cuello sin que tuviera que pensarlo. Una mano me agarró el culo con fuerza. La otra guio el pene hasta mi entrada.
Entró despacio.
Se me cortó la respiración por completo.
Porque nada en mi vida se había sentido así. Ni una sola vez. La forma en que me llenaba, cómo encajábamos como algo más diseñado que casual. Como si mi cuerpo lo reconociera aunque el cerebro todavía anduviera poniéndose al día.
Se me abrió la boca.
—Ay, Dios —susurré.
Él no dijo nada. Solo me miró la cara con esos ojos oscuros y empujó más hondo hasta que no hubo más adónde llegar. Lo sentí en todas partes, tan adentro que me llegaba hasta el estómago.
Y entonces me cogió.
Embestidas duras y profundas que me golpeaban algo ahí dentro que yo de verdad no sabía que existía. Ya ni sabía si estaba llorando o gimiendo. Tenía los ojos húmedos y la garganta irritada y no distinguía la diferencia y no me importaba.
Julian nunca me había cogido así. Ni una sola vez en todo el matrimonio.
El pensamiento me llegó y se me fue en un segundo, porque Dominic cambió el ángulo y todo se puso blanco.
Me agarró el culo con las dos manos y me manejó el ritmo entero, empujándome hacia adelante para encontrar cada embestida, tan a fondo que el ruido llenó el cuarto entero y dejé de pensar en cualquier cosa que no fuera la próxima embestida y la que seguía.
El segundo orgasmo se armó más rápido que el primero. Más profundo. Empezó en algún lado de la columna y se me regó hacia afuera. Escondí la cara en su cuello y me aferré como si se me fuera la vida mientras el cuerpo entero me temblaba atravesándolo, el coño apretándole el pene tan fuerte que él soltó un gemido en voz alta pegado a mi oído.
El ritmo se le aceleró. La respiración se le puso más dura. Me cogió más fuerte, más hondo, más bruto, y el agarre en el culo me apretó casi hasta doler, y a mí me encantó cada maldito segundo.
Luego se quedó quieto con un gruñido ronco y sentí el pene latir y venirse bien adentro, caliente y encima, todo el cuerpo de él temblando mientras los brazos me apretaban tan duro que le sentía el corazón golpeándome contra el pecho.
Nos quedamos así un buen rato. Los dos respirando con dificultad. Los dos completamente acabados.
Después, lento y con cuidado, me llevó otra vez a la cama y me acostó. Se sentó en silencio a mi lado.
Yo me quedé mirando el techo.
Vaya.
Eso me lo guardé completamente para mí. No hacía falta decirlo en voz alta. Hay cosas que no necesitan comentario.
Me volteé, de pronto consciente de todo. De lo que yo le había propuesto. De lo que había hecho. De lo mucho que lo había gozado cuando gozar nunca había sido parte del plan.
La vergüenza me llegó en silencio. No por él. Por mí. Por lo completa y voluntariamente que me había desbaratado en los brazos de un hombre que no era mi esposo, y lo poco que me arrepentía.
¿Cómo se suponía que iba a mirarlo ahora?
—Perdón —la voz de él me llegó por detrás, baja y cuidadosa.
Sentí que me rozaba la espalda apenas con la mano.
—No debí terminar adentro. Perdí el control y…
—Está bien —lo corté—. Yo tomo la pastilla.
Hubo una pausa.
—¿Por qué?
Me giré a verlo, preguntándome cómo contestar eso, cuando el celular en la mesita de noche se encendió.
Él estaba más cerca. Lo agarró y me lo pasó, echándole un ojo a la pantalla.
—Tu mundo te llama —dijo bajito.
Leí el nombre y sentí que todo el calor se me escurría del cuerpo.
Julian.
Agarré el teléfono. Miré a Dominic una vez.
Entonces contesté, puse el altavoz y lo dejé sobre la cama entre los dos.
—Buenos días, mi amor.
La voz de Julian llenó el cuarto. Cálida. Tierna. Completamente convincente.
Abrí la boca para contestar.
Y justo ahí los labios de Dominic cayeron sobre ese punto que tengo en el cuello.
No me lo esperaba. Ni un poquito. El calor de su boca contra mi piel me mandó un corrientazo directo que me atravesó, y la cabeza se me fue para atrás sin que pudiera evitarlo, y de la garganta me salió un sonido que era, total e inconfundiblemente, un gemido.
Del otro lado de la línea hubo un silencio absoluto.
Después la voz de Julian volvió. Ya no le quedaba ni rastro de calidez.
—Celeste —sonó plana. Dura. Peligrosa—. ¿Estás con un hombre?