—¿Ya estás más calmada? —Me guía hacia el mullido sofá y sirve dos copas de vodka.
Suspiro y asiento con un semblante de derrota, observando las tenues lámparas que no alumbran mucho, ya que él parece adorar la oscuridad, pero conmigo aquí ha tenido que regular la luz algo más fuerte, pero aún así la oficina luce un poco triste. Cierro los ojos y acaricio la palma de mi mano, aún sintiendo el apretón de mi madre sobre mi piel. Sin poder evitarlo, de nuevo las lágrimas comienzan a recorrer mis me