Maya agarraba la barandilla del jardín de la azotea con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Las luces de la ciudad se extendían abajo como diamantes esparcidos, pero no hacían nada para calmar la tormenta que tenía en el pecho. Sus labios todavía le hormigueaban por el beso.
Ese beso estúpido, suave y demasiado perfecto que solo se suponía que era práctica.
Se tocó la boca otra vez, recordando cómo el pulgar de Jordan le había acariciado la mejilla, cómo su corazón se había se