Punto de vista de Santiago
Abrí la puerta de una de mis habitaciones de invitados. Se me encogió el estómago. ¿Cuándo fue la última vez que estuve allí? ¿Tres meses? ¿Cuatro? Pero en cuanto entré, dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
La habitación parecía perfecta. Demasiado perfecta, casi. Sábanas blancas apretadas sobre el colchón, sin una sola arruga. La tela, lisa como el cristal, reflejaba la tenue luz del pasillo. Las almohadas, alineadas como soldados en posición