Doris y yo salimos de la sala bajo la mirada atenta de Rose y Mark, sintiendo sus ojos escudriñadores clavarse en nosotras cuando la puerta se cerró.
Salimos al patio, caminamos a través de él y luego entramos al jardín. El jardín nos envolvió en su serena quietud. El leve susurro de las hojas y el suave aleteo de las alas de los pájaros interrumpían la calma. Los tonos vibrantes de las flores llenaban toda la zona, sus pétalos se mecían con gracia al soplo de la brisa y las mariposas, igualmen