Mientras mi esposo manejaba conmigo adolorida hacia el hospital, la sensación de vacío se hacía cada vez más insoportable.
- No, por favor - repetía desesperada - déjame a mi bebé, otra vez no.
Lloré durante todo el viaje y Jerry se mantuvo consolándome atento. Él también se apreciaba devastado.
- Casi llegamos, cálmate.
Pero yo no tenía alivio para tanto sufrimiento. Cuando Jerry me sostuvo en brazos, mientras caminaba hacia urgencia, supe que debía ser fuerte ante lo que me vaticina