JOHN FOSTER
Mientras tecleaba sin descansar en mi ordenador, sentí una presencia, la puerta se abrió lentamente, rechinando, pero cuando levanté la mirada, no había nadie. Aun así, escuché unos pasos sigilosos acercándose a mi escritorio. Cuando planeaba alzarme de mi asiento, noté un par de ojos curiosos por el horizonte y unas manitas apoyadas en el borde del mueble. Su atención estaba entera en las uvas que había puesto en un tazón, especiales para ella.
—¿Qué es eso? —preguntó esa osita