No era mi intención decirlo de forma tan dramática.
—Creo que se me rompió la vagina.
Layla escupió su café helado con tanta violencia que casi bautiza los sobres de azúcar. Se llevó la mano al pecho como si acabara de confesarle que, en secreto, soy un lagarto.
—¡Aliyah! —jadeó entre tosidos—. ¡Por Dios! No puedes soltar eso así... amiga, ¿qué?
Me hundí en el asiento del reservado, deseando que la tierra me tragara, o al menos que me diera una distracción más emocionante que el desierto del Sa