La boca de Selene volvió a rozar la mía; esta vez, con menos burla y más intención. Me besó como si me estuviera devorando en cámara lenta. Sus caderas rodaron hacia adelante en un frote lento y deliberado, arrastrando su calor sobre la tensión de mis pantalones. Solté un sonido ahogado, con una mano apoyada en el reposabrazos y la otra aferrada a su muslo desnudo como si fuera mi único vínculo con la Tierra.
—Relájate —susurró contra mis labios—. Deja que yo te cuide.
Su mano se deslizó por mi