—Adrian.
Me paré a corta distancia, observando la pequeña actuación de Isabella con una sonrisa sarcástica.
—Eres el Dios de la Luz. Si una simple ilusión como esa puede engañarte, entonces no deberías deshonrar el título.
—Hermana, ¿de qué estás hablando? —Los ojos de Isabella se enrojecieron—. ¿Estás diciendo que estoy mintiendo?
—¿Por qué mentiría? Era solo un pequeño dragón normal. ¿Qué podría ganar salvándolo?
—¿Y de qué me serviría mentir? ¡No es como si alguno de ustedes fuera ese dragón!