Memorias dolorosas
Verónica
La suave brisa de la mañana acarició mi piel desnuda, despertándome lentamente. Abrí los ojos y noté la ausencia de Charles en la cama. El balcón estaba abierto, dejando entrar el aire fresco. Me levanté, me puse una camisola y una bata, y me acerqué al balcón.
Allí estaba él, apoyado en el barandal, mirando al horizonte con una concentración que me hizo sonreír. Humedecí mi labio al contemplar su espalda desnuda, marcada por los rastros de nuestra pasión. Una risa s