Selene despertó lentamente, sintiendo cómo la neblina del desmayo comenzaba a despejarse. Su mente, aún aturdida, luchaba por recomponerse mientras sus ojos se acostumbraban a la luz tenue que filtraba la tarde a través de las rendijas de la cabaña. A su alrededor, un grupo de personas la observaba, y no pudo evitar notar el asombro y, en algunos casos, un leve destello de miedo en sus miradas. Habían presenciado algo extraordinario, algo que desafiaba toda lógica y razón.
Frente a