Selene había cumplido ya diez años, una edad en la que la curiosidad florece en cada rincón del corazón de un niño. Su madre, Kyra, era consciente de ello, y por eso había establecido una serie de reglas para proteger a su pequeña. La vida en la clandestinidad, escondidas de la aldea que las rodeaba, no era sencilla, pero madre e hija habían hecho de su hogar un refugio saludable y acogedor. Selene sabía que su madre lo hacía por su bienestar, pero sus deseos de explorar el mundo exterio