Saint Giordano
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—¿Estás nerviosa? —me preguntó Adriana.
Arqueé una ceja y miré fijamente su pierna, que no había dejado de temblar en los últimos minutos. Con una risita, puse una mano sobre su rodilla mientras la otra seguía en el volante. —Nena, creo que la nerviosa eres tú.
Ella soltó una risa seca. —¿Yo? ¿Nerviosa? ¿Por qué estaría nerviosa?
—Tú dime —me encogí de hombros—. ¿Por qué estás nerviosa?
—No lo estoy. He vivido con ellos durante años.
—Si tú lo dices, nena —dejé que creyera lo