El frío de la madrugada calaba en la piel de Amelia mientras presionaba su rostro contra el cristal de la ventana, observando al hombre al que no parecía importarle el clima. Como cada día, aquel espécimen de hombre, con un cuerpo esculpido en granito, cruzaba la calle trotando sin camisa. Leo era su nombre. Lo había averiguado cotilleando con su jardinero una tarde, escuchándolo contarle todo sobre él.
Su esposo, Arthur, siseaba suavemente en la enorme cama de cuatro postes detrás de ella; su