LEO maldijo entre dientes cuando las desgastadas ruedas del carrito de reparto tropezaron con una piedra grande que siempre solía olvidar que estaba allí. Su fruncido se acentuó mientras se ajustaba el ala de la gorra, con el sudor escociéndole en los ojos, maldiciéndose a sí mismo y preguntándose cuándo ganaría una enorme cantidad de dinero que lo sacara de ese tipo de trabajo. Sacudió la cabeza y respiró hondo.
—Solo un paquete más y esto habrá terminado —se dijo a sí mismo, mientras sentía u