Carlo por fin tenía en su poder a uno de los hombres que había secuestrado a Mía, el pobre hombre temblaba descontroladamente, haciendo vibrar la silla a la que estaba atado, su obeso cuerpo, ya estaba completamente amoratado de tantos golpes que había recibido, la mordaza al rededor de su boca, no permitía escuchar sus gritos, sus captores reían al ver los efectos del castigo infringido, gruesas lágrimas salían de los ojos de aquel hombre.
Carlo se acercó y bajó un poco la mordaza de aquel des