Al despertar, aún se encontraba en el suelo del cuarto donde apilaban a los cadáveres. Estaba desnuda y sin ningún tipo de dolor físico, pero el sufrimiento que experimentaba en su alma la tenía derrotada.
Pasó horas acostada boca arriba, con la mirada fija en el techo y las lágrimas corriéndole copiosas por las sienes.
Comenzaba a cansarse de ser siempre la perdedora, a la que manipulaban y le arrancaban sin clemencia partes de sí.
La que debía donar cada gota de su sangre sin oponer resistenc