Desde un balcón podía apreciar la vastedad de aquella interminable pradera, solo recortada por una red de colinas ubicadas a los lejos. El verdor del pasto relucía con los tibios rayos del sol, que le concedía un brillo dorado cuando la brisa lo movía.
El paisaje la calmaba y le regalaba la paz que ella anhelaba cada vez que regresaba de las agobiantes sesiones en el laboratorio.
La medicina limpiaba sus venas de veneno y le aportaba anticuerpos que ponían a raya su enfermedad, pero no la quita