La furia estaba a punto de hacerla enloquecer. Tania iba sentada en la parte trasera de una camioneta de vidrios polarizados, rodeada por Carlos y por uno de los sujetos de ojos amarillos cuyo aroma le tenía los ánimos crispados, ya que olía a peligro y amenaza. Si fuera un perro o un felino, tuviera los pelos del lomo levantados y gruñiría por la ira.
Carlos no le había dirigido la mirada desde que apareció el barbudo del laboratorio, se notaba apenado, pero a la vez, enfadado. Ella pensaba qu