—Ana, tengo que preguntarte algo.
Sus miradas se encontraron; una fría, la otra contenida.
Ana forcejeó un par de veces, pero su muñeca seguía firmemente atrapada en la mano de él. El calor abrasador le provocó una repulsión instintiva. Su estómago se revolvió y, con mala cara, ordenó:
—Suéltame.
Mateo la miraba fijamente, con ojos profundos:
—Y si no lo hago... ¡Ah!
Sus palabras fueron interrumpidas por un gemido de dolor.
Ana había jugado sucio. Le propinó un rodillazo directo a su entrepierna