En un instante, Ana quedó cubierta por una sombra.
Levantó la cabeza.
—Señor Urquiza.
Esta posición le hacía sentir inexplicablemente presionada.
Especialmente cuando le venían a la mente ciertas imágenes indescriptibles, que hacían todo más difícil de expresar.
Como si percibiera esto, Gabriel se agachó, quedando a la altura de su cuello.
—Señorita Vargas, ¿podría ayudarme con algo?
Los ojos negros del hombre eran como remolinos profundos, capaces de absorber a cualquiera.
Ana apretó nerviosame