Gabriel tomó sus inquietas manos y la obligó a mirarlo de frente.
—Ana, ¿quién soy yo? —preguntó él.
Ana se mostró algo confundida por un momento antes de que el calor que sentía la abrumara de nuevo. —Mateo... —murmuró.
Aunque el resto de sus palabras fueron ininteligibles, ese simple nombre fue suficiente para que el rostro de Gabriel se ensombreciera al instante.
—Tengo bastante calor... —susurró ella.
Si Ana no hubiera mencionado en ese momento el nombre de Mateo, quizás Gabriel habría esta