—¡Felicidades, señorita! Está embarazada de cuatro semanas y media —dijo la Dra. Shaw, la doctora que me atendía, con el rostro iluminado por una sonrisa amplia y sincera.
Me quedé congelada en mi asiento, aferrando con fuerza los reposabrazos de la silla.
—¿Qué? —grité tan fuerte que la Dra. Shaw hizo una mueca.
Su sonrisa vaciló un poco.
—Está embarazada —repitió, aunque ahora el tono alegre de su voz estaba teñido de duda, como si esperara que saliera corriendo de la habitación.
Mi mente se