Debí haber ido directo a casa. Eso fue lo que me dije mientras subía a mi coche y encendía el motor, con un largo suspiro y una determinación firme. Nada de desvíos. Nada de sombras. Solo a casa.
Pero mis manos ya giraban en la dirección contraria.
Para cuando finalmente admití que conducía hacia el estacionamiento del nivel inferior, debajo del viejo complejo Baxter, mi pulso se había calmado en algo extraño y estable. Como si la decisión hubiera sido tomada mucho antes de que siquiera saliera